Casandra

«Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada».

El despertar. Alejandra Pizarnik

 

I

El dios sembró la verdad muerta

en mí, tierra sin sonido.

Soy madre de la palabra seca,

de la que brota hecha polvo,

la que no habita ningún tiempo.

II

El dios desarmó mi boca con su irá,

de raíz me arrebató la lengua.

III

Enfermé de palabra.

IV

El dios necio retorció sus oídos.

V

Todas las voces me habitan,

todas las palabras se despeñan desde mis ojos,

todos los sonidos en mí se precipitan.

VI

El dios era mi voz,

el hogar y el lecho,

la revelación y el presagio.

Mi semilla era su oráculo.

Era yo la voz del dios,

el grito de su estirpe se regaba en mi ombligo,

in illo tempore,

los hombres nacían de nuestro sonido.

VII

El dios enfermó de ceguera

VIII

Mi voz, apenas sombra,

incendia hombres,

desdibuja ciudades;

mi voz, profecía de los adagios disonantes.

IX

Dolor que reverbera en el canto,

procesión de ecos en la garganta inerte,

memoria estancada de los muertos,

sonidos mutilados por la incertidumbre

es mi voz.

X

El dios me abandonó al silencio,

carcomió mi boca,

condenó mi palabra a ser estatua,

edificó las murallas y forjó el cerrojo.

El dios, plaga de paranoias,

veneno silbante;

mi piel, carroña para su furia

y estigma de cobardía, mi corazón.

 

 

 

 

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