Asesinato por indiferencia

 

Si la pregunta es si yo deseo o no deseo asesinar al Papa, la respuesta es no. No deseo asesinarlo. Ustedes se basan en una suerte de evidencia nada comprobable… por último ¿qué tiene de malo escribir “que muera el papa”? Nada. No tiene nada de malo. Lo sé. Conozco mis derechos. No digo que lo haya hecho yo, pero de ser el caso no tendría nada de malo.

La cosa es, señores, que a mí el Papa ni me pincha ni me corta. Ni chicha ni limonada, ni me va ni me viene. ¿Se entiende? Ni fu, ni fa, como se dice. A mi edad, a una no la deslumbran tan fácilmente. No les voy a decir mi edad, pero sepan que aparento mucho menos que los años que tengo. Podía ser su abuela, pero no lo parezco. En fin. Yo siento por el Papa… nada. No siento nada por él, me desgasta incluso esta explicación que me obliga a dedicarle tiempo y esfuerzo y aliento y palabras y energía… yo estoy gastando calorías acá, con el frío que hace, gastando calorías para explicarles a ustedes los motivos que me impulsan a no querer matar al Papa… ni querer que viva, se entiende. No es que yo “quiera que viva”. No lo quiero ni vivo, ni muerto. No lo quiero y ya. No me importa. Me es indiferente. Lo confieso. El Papa me es indiferente.

Lo que acabo de decir… “El Papa me es indiferente”… Me violenta. Me obligan a violentarme. La indiferencia…es… muy…peligrosa. Es un arma mortal, es un instrumento de tortura de comando a distancia. No han sido nunca víctimas de la indiferencia. Se les nota en la cara. Yo sí, por eso lo digo, por eso me tiembla la carne cuando digo “el Papa me es indiferente”. Porque entiendo. Porque estuve ahí, porque soy una sobreviviente.

La indiferencia mata. A mí me asesinó mil veces. Yo no soy una criminal. Podré ser insensible; a eso me empujaron. Pero asesina nunca. La única violencia de la que soy capaz es la de la palabra escrita. ¿Se entiende? Ni siquiera la palabra dicha. Yo no digo nunca malas palabras. Yo las escribo. Si yo hubiera escrito en un muro “que muera el Papa”, que no digo que lo hice, solo digo que si lo hubiese hecho, hubiera puesto de seguro algún disparate. “Que muera el ¡PIP! del Papa”, por ejemplo. O “Que muera el Papa. ¡PIP!”

La palabra. En ella está el peligro. Se entiende. Y bueno, en su antídoto. El silencio. Y la indiferencia. Son como hermanos gemelos. Son como siameses monstruosos. ¿Tienen idea de lo que se siente para una persona como yo, amante de la comunión, de la comunicación, ser sometida a la brutalidad de la indiferencia?

Era como apagar un interruptor. Para él era sencillo como apagar un interruptor. La indiferencia es un arte, como todo. Él lo hacía excepcionalmente bien. Desaparecer cuando le daba la gana para volver cuando se le cantaban las ¡PIP! De un minuto a otro, como apagar un interruptor. Como un virtuoso, con vocación de indiferente. A veces en media oración ya se había ido y me dejaba con la palabra en la boca. Lo peor es que no es cierto, él seguía ahí, seguía ocupando espacio, seguía ahí, solo lejos de mí, invisible a mí pero visible a los demás, como un fantasma que solo yo no podía ver.

Y yo… yo me proponía existir con fuerza para llamar su atención. Esperarlo. Esperarlo con todas mis fuerzas, hacer de mi espera un campo de energía que viajara desde mí, desde el centro que era yo, hasta él. Una energía que golpeara las paredes de su casa con dulzura, como las olas contra un barco anclado. Me concentraba mucho imaginando que mi espera era un campo de fuerza hecho de agujas que lo herían imperceptiblemente.

Nada servía. Cuando él decidía ignorarme, me borraba. Me eliminaba del radar, me anulaba por completo, sin derecho a reclamos. Era una carta sin respuesta, un silencio adrede,  una puerta cerrada. Me quitaba de sí como sacarse un saco y guardarlo en el armario. Para el saco, era él quien había desaparecido. Daniel. Se llamaba Daniel. El saco no se daba cuenta de que, quien desapareció, fue él. O sea yo. El saco desapareció. Daniel seguía haciendo su vida; comía, fumaba, se afeitaba, se iba a trabajar y el saco había desaparecido. Yo era el saco.

El saco es el ausente, el que se queda a oscuras y espera. Entonces, si  un día Daniel abre de nuevo el armario y saca el saco y se lo pone, el saco vuelve a existir pero no lo sabe, ¡no lo sabe! Solo piensa “volviste”.

Volviste. Y se pone contento.

Mi indiferencia podría asesinar al Papa. Podría dedicarle una indiferencia tan brutal, tan acertada, tan quirúrgica, que sintiera de pronto el pecho cerrarse sobre sus pulmones. Podría ignorarlo tan olímpicamente que sus palabras cayeran en saco roto, que sus actos de presunta sencillez y humildad, no digo que no sean de sencillez y humildad, solo digo que no me consta, no tengo la certeza, por eso es “presunta” sencillez, “presunta” humildad, bueno, que esos actos quedaran sin eco, que me resbalaran, que me provocaran nada, ni asombro ni vergüenza. Ni rabia ni alegría. ¿El Papa ha besado a un niño? Nada. ¿El niño era parapléjico? Nada. Nada. Una nada tan bien dirigida que un día el Papa sintiera el pecho cerrársele sobre los pulmones, que sintiera un campo de energía hiriéndolo a penas, una ola de fuerza golpeando como olas cansadas las paredes del Vaticano. Y yo… en el centro de esa fuerza.

Sonriendo.

Como si nada.

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