El amor, ¿una mercancía más?

Nos acostumbramos tanto a las lógicas capitalistas que el amor se volvió una mercancía más. Asumimos que los vínculos se rigen por las reglas del mercado: calculamos los costos, las pérdidas, las ganancias. Usamos, mientras sirva; desechamos, cuando encontramos algo que nos parece mejor; reemplazamos los vínculos como si fueran pañuelos descartables. Acumulamos personas, vamos enriqueciendo nuestra cuenta corriente y así nos olvidamos por un tiempo de la soledad, que a veces (sino siempre) atormenta. Compramos y vendemos estereotipos e imágenes. Alguien que era empático puede ser absolutamente indiferente o cruel de un momento a otro, subastamos perfiles al mejor comprador. No importa qué hagamos, al final la pregunta incómoda reaparece siempre: ¿son los vínculos y el amor una mercancía más?

Desde hace unos días le doy vuelta a esta idea: La violencia simbólica y psicológica en los vínculos se volvió cotidiana. Paradójicamente, pese a su existencia diaria, nadie asume (o ve) su responsabilidad en los lazos sociales. Siempre el violento, el tóxico (categoría inventada por el marketing neoliberal) o el que actúa mal es el otro. ¿A dónde cabe la autocrítica en todo esto? Hace un tiempo leí un poema de Cecilia Solá que decía algo así:

“Yo también he sido maltratada. Y no -solo- por una pareja.
Me han maltratado personas en las que confié y vendieron mi confianza por monedas de latón.
Otras, que utilizaron confidencias, para emitir juicios que me hirieron.
Otras, que confundieron cuidado amoroso con disciplinamiento.
Otras, que me hicieron creer que nadie más me amaría, y otras, que lograron convencerme de que era culpa mía.
Y me quedé.
A veces por no saber, no poder, no tener.
Y a veces, sabiendo, pudiendo, teniendo, pero empeñada en batallar; aferrada a la ficción que anhelaba real”.

En estos tiempos (tal vez fue igual en todos los tiempos) la violencia es la norma, y se vuelve tan habitual que es eso mismo lo que la vuelve invisible. Especular con los tiempos de respuesta en las redes sociales, clavar el visto, ser indiferente cuando la otra persona te interesa, todo vale, o nada importa, porque hay un ejército de reserva dispuesto a ocupar el lugar dejado.

El filósofo André Comte-Sponville recuerda una frase de Adorno que expresa: “Serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sirva de ella para afirmar su fuerza”. Pienso, una vez más, en que todo se reduce a la empatía o a la falta de ella ante la fragilidad o el dolor ajeno. ¿A cuántos de nosotros, como a Cecilia, nos hirieron con juicios que se basaban en una confidencia? ¿cuántas veces esa violencia fue en nombre del amor o del bien? ¿cuántas veces, esa falta de empatía, nos destruyó?

En la lógica mercantilista extinguimos a la otra persona, casi como un mecanismo de defensa o como un ataque, pero siempre en nombre del afecto o del amor propio. A veces se apela a la sinceridad como valor supremo: “Soy sincero/a por tu bien”, “lo hago para ayudarte”. Lo importante no es el otro, ni como pueda sentirse con lo que le digo, sino como yo me siento al decirlo (¿más poderoso tal vez?). Así, prima el individualismo, la sinceridad brutal, la crueldad. Pero si la vulnerabilidad puede ser usada en tu propia contra y confiar se vuelve una amenaza ¿acaso no es una condición para que los vínculos se vuelvan superfluos, para que no confiemos, para que no generemos relaciones significativas?

Vuelvo a la pregunta inicial, ¿los vínculos y el amor son mercancías? ¿puede existir el amor en este contexto? Tal vez los interrogantes adquieran claridad con la reflexión que realiza Alexandra Kohan: “La cuestión, entonces, no sería tanto cómo pensar en una relación fuera del mercado -porque no hay fuera del mercado-sino, más bien, de qué modo resistir la mercantilización de las relaciones”. La pregunta no debería ser por la existencia del amor, sino por las condiciones que lo posibilitan: ser capaces de reconocer la vulnerabilidad que nos conecta a los otros, permitirnos experimentar la fragilidad que genera un vínculo afectivo, ponernos en el lugar del otro; en fin, reconocer nuestra humanidad.

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