Leós Carax y los Santos Motores

“El arte debería ser atractivo inmediatamente. Circula la idea de que debe hacerse un esfuerzo para captar la belleza, y no estoy nada de acuerdo”.
Michel HouelleBecq


Después de 13 años de Pola X (1999), la última producción dramática del enfant terrible del cine francés Léos Carax, reaparece en escena una extraña película que ya se perfila lentamente como de culto: Holy Motors (2012). Un film franco-alemán que fue bien recibido por la crítica cinematográfica, y que hasta el momento tiene centenares de reseñas y comentarios positivos en varios portales y revistas especializadas de séptimo arte como Rotten Tomatoes, Metacritic, IMDb y otras.

Una cinta protagonizada por Denis Lavant (actor de: Les amours perdues, Le petit pouce, L’oeil de l’astronome) y Edith Scob; cuyas actuaciones secundarias son más reconocidas, ya que vemos caras familiares como las de Eva Mendes, Killye Minogue, Elise Lhomeau, Michel Piccolli y Jeanne Disson. Un elenco justamente repartido para una novedad filmográfica, que aunque no fue premiada en el Festival de Cannes, sí fue galardonada con cuatro premios en el Festival de Cine Fantástico de Sitges de Catalunya, bajo las categorías de mejor película, dirección, producción y crítica, lo cual reafirmó el trabajo de Léos Carax y su genialidad como director creativo.

Holy Motors, en esencia, narra la historia del Sr. Oscar (Denis Lavant), un hombre solitario con una intensa pasión por actuar, que vive como si todo fuera una película, pues adopta diferentes disfraces, se interna en la psicología de las personas representadas, e interactúa en diversos escenarios de la ciudad. Acciones que son la prefiguración del hombre del siglo XXI, cuyas relaciones líquidas no tienen conexión ni contexto, y donde la vida es un gran paréntesis, es decir, la realidad de una existencia consumada fuera de la historia y la sociedad. Afición que dibuja en secuencias la paradoja de quien está en varios lugares, pero a su vez, no pertenece a ninguno de ellos en específico. El ya pero todavía no de los metafísicos de las imágenes.

Así, entonces la trama empieza, cuando el Sr. Oscar sube a una limusina blanca, conducida por Céline (Edith Scob) la cual le informa que tiene nueve citas, nueve personas que representar en nueve escenarios de la ciudad. Todo (y he ahí la magia de Carax) se desarrolla en un solo día. Lapso de tiempo suficiente, para sentir, o dejar de sentir, o emular que sentimos, dentro del plano físico y psicológico realidades contingentes. Secuencias que nos sitúan ante el descubrimiento del homo epimoderno: el híper-hombre desposeído de significado, que se vuelve el significante en un determinado escenario y tiempo. Y esto, para no mencionar la mala fe sartreana de representar papeles sociales que no sin inherentes del ser humano.

Esta producción, sin más ni menos, es un drama que posee la encantadora estructura de una canción bien concertada. En una palabra, es una extraña parábola sobre el hombre que vive en sociedad. Ese hombre-masa, que asume su rol con una conciencia de lo posible, representando los modos de la existencia, pero quien a su vez se siente como un náufrago que no logra salir a flote con un propósito fijo.

Holy Motors es una propuesta llamativa porque busca mostrar las aristas de la naturaleza humana tan sórdida y vacilante, además de enfatizar la búsqueda de sentido en una sociedad llena de máscaras y representaciones. Un trabajo de séptimo arte que involucra la filosofía del sujeto y la máscara, de la que habló Gianni Vattimo, y el ser como evento, o el hombre que existe entre los demás hombres buscando afanosamente su verdadera esencia entre los roles sociales asignados.

Por ser esta una producción francesa dirigida por Carax no hay que dudar que lleva incluido el sello de la filosofía europea. Quizás un poco de existencialismo aquí, absurdísimo por allá, nihilismo entre escenas, y un humanismo epimoderno totalmente desposeído de convicciones. Algo así como una matrioshka​​ cinematográfica  llena de ideas, acciones, diálogos diversos, (e inconexos) que hacen rica la presentación e hilarante su desarrollo. ¿Dónde están las cámaras, el equipo de cine, el director dentro de la película? Hay que tener un ojo fisgón para ver lo que se nos oculta a propósito, intentando jugar con la psicología del cine-vidente.

Una lúdica francesa de la imagen que trata de sobreponerse a la herida del cine sonoro. Ese del cual se lamentaba el filósofo Jean Paul Sartre: el de los diálogos cinematográficos, o el del lenguaje verbal como el fin del verdadero cine: el de las percepciones. Por eso es que Léos Carax propone un medio volver a este magnífico y gran tiempo del cine subjetivo: el cine de múltiples interpretaciones y estímulos privados.

El también cinéfilo galo Michel Houellebecq diría sobre esta especie de arte que maneja Carax: “Es raro ver una película donde la luz se adapta a la tonalidad emocional de las escenas con tanta inteligencia”. Así es que casi con violencia, con nostalgia, casi con dolor, Holy Motors es una película francesa con hondura y con desgarramiento allende de las pasiones humanas universales. Un cine que se encuadra en el realismo cínico, ya que no podría entrar en otra categoría sin causar sensación o escándalo.

Por eso es posible afirmar que estamos ante un trabajo de buena calidad, lleno de contenido original, fotografía sumamente cuidada, escenas con gran tensión, reparto bien conformado, y un guion inolvidable repleto de frases nihilistas, además del mensaje que emana las imágenes místicas allí presentes de la escuela de Lyon. Un film deliciosamente absurdo, que evalúa la vida, la muerte y todo lo que hay en medio, reflejando en un espejo deformante la mala fe de vivir en sociedad.

¿Qué se concluye al final de la película? Que el Sr. Oscar es la suma de todos los hombres; es un tallo con muchas raíces; una vida fragmentada entre muchas otras; una red, una multiplicidad de sentido en una sociedad que carece de dirección. Holy Motors no tiene comienzo ni fin ¡comienza en la percepción!

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