EL ORIGEN DE LA LITERATURA INFANTIL

Es muy difícil determinar los orígenes de la literatura infantil, pero las obras literarias destinadas a ser leídas por niños, no aparecen en Europa antes de finales del siglo XVII. Un libro puede llamarse para niños cuando ha sido concebido con esa intención o ha llegado a serlo por el uso. Los cuentos, las historietas y los relatos suscitan la emoción, relajan, liberan y aportan el placer de la ficción. También dan ritmo y acompañan otras actividades como los juegos, determinan y desarrollan todo un comportamiento lúdico, y por ello, los antropólogos debaten si a los relatos primitivos y a las cancioncillas se les puede dar la denominación de juguetes. Es evidente que carecen de dimensión espacial antes de ciertos progresos técnicos, sin embargo, pueden verse las huellas de su formalización antes de la difusión de la imprenta. Tanto en la antigüedad grecolatina como en el Renacimiento había imágenes, bestiarios de madera o de hueso y muy a menudo los alfabetos se presentaban de forma ambigua. Concebidos para aprender a leer, ser ofrecían también de manera entretenida y apetecible, como esas letras-pasteles que según Quintiliano, elaboraban los panaderos de Roma para los niños. Si algunos juguetes son milenarios, también lo son los cuentos, los relatos y las canciones infantiles, que han ido convirtiéndose en fuente de educación e instrumento de trabajo, así como, en manual escolar. Este paso proviene de la naturaleza misma del libro, medio de difusión y símbolo del saber.
Una obra compuesta verdaderamente para los niños, aparece en Europa a mediados del siglo XVII. La más notable es Orbis pictus (1657) de Comenius. De acuerdo con el espíritu universal del Renacimiento, del que Comenius es heredero directo, ante los ojos del niño desfilan el mundo y sus maravillas, así como la explicación de fenómenos naturales en imágenes comentadas, mientras el puer aprende del magister a pensar con precisión.
La literatura infantil escrita se materializó con Bunyan y Fénelon. En El viaje del peregrino (1678-1684), en las Fábulas y en el Telémaco (1699), ambos escritores se sirven del cuento en tanto que es un soporte cómodo para la enseñanza moral y religiosa. La idea que inicia la literatura para niños radica en la existencia de una edición específica. Solo a partir de ese momento se podrá hablar de literatura infantil. Este suceso se produjo al mismo tiempo en Francia y en Inglaterra: Pellerin crea en 1740, las estampas de Épinal, John Newbery abre en Londres, en 1745, la primera librería para niños, The Bible and Sun edita desde 1744-1767, little pretty pocket-books (bellos libritos de bolsillo) ilustrados pero baratos, con breves historias divertidas, los Cuentos de Perrault y adaptaciones de Gulliver y de Robin de los bosques. A finales del siglo XVII, tomando del cuento popular algunos de sus temas esenciales: la partida, la peregrinación, la búsqueda y la adversidad, lo que la literatura infantil hace triunfar, en realidad es la virtud. El libro para niños irá abandonando poco a poco su carácter didáctico para entrar en la categoría de lo lúdico. Desde las páginas del libro se va alzando otra voz, el adulto que se expresa pierde su función de padre, tutor o maestro y aparece como figura intermedia que participa a un tiempo de la sabiduría adulta y de la superficialidad infantil. Si el adulto se acerca al niño, es que aquél tiene algo importante que decirle, un secreto que confiarle.
Es en 1835 cuando Hans Christian Andersen publica su primer volumen de historias para niños y continua publicándolas en forma de libritos que contienen de cinco a diez cuentos hasta su muerte, en 1875. Si Andersen utiliza al principio los temas tradicionales y los cuenta con la pretendida sencillez de un hombre de pueblo, no es de ninguna manera un folclorista, un recopilador de cuentos, sino un creador original. Las adaptaciones de todo tipo de El ruiseñor y el emperador de China, de Pulgarcito, de El soldadito de plomo, etc., están para dar testimonio de esa paternidad.
Alicia en el país de las maravillas (1865) y A través del espejo (1871) de Lewis Carroll serán en el siglo XIX la expresión más perfecta de lo fantástico, pero no como sublimación de lo real sino como simple deformación de la realidad y paso a otro mundo donde ya no se encuentran los puntos de referencia habitual.
En el terreno de la pura extravagancia, la Inglaterra victoriana produjo otra gran obra, El libro del sinsentido (1846) de Edward Lear, que poseía el genio del lenguaje y una peculiar forma de explosión verbal que se denomina nonsense.
La literatura infantil de la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza sobre todo por una representación directa del universo familiar del niño. Es la época en que la familia se estructura y decrece, la escuela se convierte en el único lugar de socialización y la infancia burguesa puede enternecerse con las desgracias de los pobres y los explotados. La primera figura del niño proletario es la del Oliver Twist, huérfano miserable y sin identidad. Dickens no pensó directamente en los niños al escribir sus libros, sin embargo las figuras de los niños le sirven para pasar de la literatura popular a la gran literatura. Es la época de las novelas que terminarán volviéndose clásicas, de los folletines y de los magazines para niños.
Entre los autores norteamericanos más interesantes de esa época hay que destacar a Louise M. Alcott, cuyo libro Mujercitas (1867), Las cuatro hijas del doctor March, que además de ser una de las primeras novelas para niñas, asimismo es una novela feminista y el incomparable Mark Twain, que rompe con la tradición del niño prudente en sus dos grandes novelas Tom Sawyer (1871) y Huckleberry Finn (1884).
Sin embargo, sería en Francia donde la novela de costumbres iba a encontrar su expresión más acabada y directamente infantil con la obra de la condesa de Ségur, que entre 1857 y 1869 escribió una veintena de novelas, entre las que se cuentan Las niñitas modelo (1858), Las vacaciones (1859), seguidas de Las desgracias de Sofía (1864). Julio Verne publicó sesenta y tres obras para la juventud.
Desde el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, los escritores consagrados y los premios Nobel se interesan por los niños y por los animales. Hay que citar como clásicos todavía leídos Pinocho (1894) de Collodi, Peter Pan (1904) de James Barrie, la obra para niños de Kipling El libro de la jungla (1894).
Frente a los valores defendidos por la escuela, promovidos y difundidos por la cultura burguesa, la literatura infantil de los años 1930 a 1960, en su conjunto, es bastante mediocre y hace que se desvalorice con razón. La mediocridad es tanto cuantitativa como cualitativa. La producción es pobre y los editores se preocupan poco por descubrir autores nuevos. Hay que celebrar por tanto la aparición de la obra del escritor y poeta alemán Erich Kastner Emilio y los detectives (1929), Las dos Carlotas (1949), etc. a quien puede considerarse uno de los precursores de una literatura juvenil moderna, libre y bastante crítica. El niño y el río (1953) de Henri Bosco y El principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry, son libros fundamentales que aún en la actualidad, forman parte esencial de las lecturas de la escuela primaria.
Hacia 1970 se asistió a una verdadera organización social en torno al libro y a la aparición de especialistas, cosa inimaginable años atrás, un interés que a día de hoy sigue en alza.

Bibliografía:

  • JAN, ISABELLE. Literatura infantil. 1984.

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