¡Sonrían! Ha empezado la matanza

«El bien y el mal parecen estar unidos en todas las culturas como en una columna vertebral.»
Flannery O’Connor


Patrick Bateman (Christian Bale), el yuppie psicópata de American Psycho (2000) dice al final de la película: “De mi relato no puede extraerse ningún conocimiento nuevo”.  Pero Bateman se equivoca, porque Bateman es un idiota. O al menos un desadaptado, hijo del vértigo social y cosmopolita que busca el reconocimiento y el éxito empresarial.  ¿No es ese el carro de Donald Trump? Pregunta constantemente, delira, diría más bien.

Contrario a la opinión de un crítico de cine que afirma que esta obra es “estética, erótica, thriller y hasta nihilista” realmente esta película es sardónicamente divertida sin posibilidad de etiqueta. ¿Categoría NC-17? ¡Vamos!  ¡ti-ti-ti-ti!, los trajes de paño de tres botones ochenteros son para clubs sibaritas de New York, no para ejecutivos del Empire State.  A Bateman le fascina contar chistes de psicópatas como Ed Gein, Ted Bundy en medio de una charla misógina sin crear tensión, (no al menos en el cinevidente), lo realmente tenso, según Mary Harron la directora del film, es la competencia entre yuppies por las tarjetas de presentación con rótulos dorados, gramaje, papel, y letras fuente Silian Rail o Romalian.

Porque esta producción basada en el libro de Breat Easton Ellis es divertida hasta la saciedad. Tan divertida, que cada vez que Patrick Bateman asesina a alguien, no deja al espectador indiferente ante las instrucciones para contar chistes enseñada por Kurt Vonnegut: “¿Cómo funcionan los chistes?, dice el escritor, el comienzo de los buenos te obliga a pensar. Somos unos animales muy serios”. Bateman es un asesino mental, un merluzo que mata a lo surrealista y esto mientras se extasía hablando de Whitney Houston, Phil Collins, trajes Valentino Couture, consejos faciales y graba y edita sus propios videos Snuff.

Es la seriedad de este Wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant) la que descuajeringa de la risa al cinevidente. Claro, Bateman no aniquila a nadie con una sonrisa a lo Hannibal Lecter, pero ver a Bateman desnudo, en tenis Fila, corriendo por un pasillo de luz mortecina con una motosierra detrás de una prostituta, o percibir ese baile extraño mientras se encaja un traje de plástico para matar a su socio Paul Allen (Jared Leto) a culatazos de hacha mientras escucha pop, es lo oscuramente cómico. ¡ti-ti-ti-ti!

Este Yuppie no tiene parangón. Es ilustrado a la manera televisiva y radial de Donald Trump. Nunca ha comprado un libro. No ha leído a De Quincey y su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” ni oído la interpretación de la vida trágica del Beethoven sordo. ¿No es esa Ivana Trump? Lo más cercano al acto de escribir es un diario que guarda en su oficina con dibujos de personas mutiladas de mil maneras. Unos bosquejos tan tiernamente sangrientos que reducen a la familia de Charles Manson a una versión infantil de la matanza en Beverly Hills.

No obstante Bateman es un hombre metrosexualmente normal. Tiene 27 años (la edad maldita). Cuida su rostro más que su alma. Sigue una dieta equilibrada y un programa de ejercicios rigurosos. Si tiene la cara hinchada se pone una máscara relajante. Después del baño se aplica una loción para limpiar los poros, seguido de una mascarilla facial de menta y un bálsamo para el contorno de ojos y antiarrugas.  Ah, y usa lentes marca ¡Oliver People!

Luego de este ritual higiénico sale al mundo salvaje y competitivo de New York resucitando en él a un Mr Hide, y por qué no, al Doc Jekyll, pues ambos son uno solo. Cualquier motivo puede provocar una reacción en cadena para que asesine:  una persona estúpida; una tarjeta de presentación mejor que la suya; no encontrar reserva en el Arcadia, Camols o en el Dorsia, restaurantes yuppies de la gran manzana; y hasta un encuentro homo erótico es un catalizador para asesinar.

Tiene hándicap. Indudablemente siente que lo tiene. Por eso como caballo encabritado que respira aire caliente por sus hondas narices, mata. Acribilla un indigente negro, una anciana, dos furcias, un ejecutivo. Intenta matar a su secretaria, pero la encuentra fofa, y así cuando apuntala su Glock en la cabeza de un gato para introducirlo en un cajero automático, se desata de nuevo el infierno: despacha 4 policías; hace explotar dos patrullas; un conserje que le sugiere fumar es perforado a balazos; asesina un aseador que fue testigo en la escena del crimen; y fulmina a una adorable anciana con un abrigo de piel. ¡Mata!, ¡mata!, ¡mata! (solo huele a humo durante mucho rato).

Solo una persona se libra, el conserje de su propio edificio, ya que, al meter su mano en el gabán, saca no su arma, sino un lapicero para firmar la minuta de ingreso a su apartamento. Cada pistoletazo, cada gesto de Bateman o el simple hecho de ver arreglar su lacado cabello mientras asesina, es sugerir a los espectadores del plató, es decir, a nosotros: ¡sonrían!, ¡sonrían!, (aplausos).

Un crítico de cine se jalaría los pelos con estas impresiones, pero esta película, como afirma David Foster Wallace, «es satisfacer el sadismo del público durante un rato, para al final corroborar que el objeto de ese sadismo es el cine vidente en sí», ya que el aguantar ver sangre y glamour durante 1:42 minutos, es descubrir que de la mente de Bateman surge la poesía maquiavélica de Thomas Browne: “There is another man withim me that`s angry with me” Lo irónicamente clínico de toda esta producción es que Bateman no está rabioso, Bateman disfruta asesinar porque es un idiota. Punto. Al confesar sus crímenes nadie le cree; cuando intenta deshacerse de algunos cuerpos descubre que una inmobiliaria los ha sepultado; al eliminar otra evidencia de un cuerpo femenino descuartizado, lo embolsa en una tula púrpura Jean Paul Gaultier y toma un taxi en la 5ta Avenida. Come cerebro (al menos lo confiesa) aunque lo encuentra sin clase al no estar aderezado con mantequilla, champiñones y un glaseado de pimienta o gelatina de lima, claro, acompañado de un vino blanco Chardonnay.

Al final Bateman, en una escena espectacular con un spotlights encima, se quiebra como una caña cascada y reconoce que no se siente bien. Pero claro, en esencia no es él, solo es un monstruo engendrado por la ciudad. Él no está enfermo, pues disfruta aquello, como disfruta un canapé de queso de cabra con especies. El verdadero síntoma o patología es la nerviosa sociedad norteamericana, porque American Psycho  es un chiste irónico contado a lo Broma Infinita de David Foster Wallace. ¡Sonrían! Ha empezado la matanza.

Tráiler American Psycho

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