Meta: un pequeño paso para los humanos; un gran salto —al vacío— para la humanidad

Probablemente todos recordamos la escena de la película Matrix en la que un joven Keanu Reeves, Neo, enfrentado a elegir entre dos pastillas ofrecidas por Morfeo, decide tomarse la pastilla roja, en lugar de la azul. La autodeterminación bajo la voluntad de liberación expresada por Neo se convertirá, sin pretenderlo, en una metáfora frecuente dentro de aquellos discursos sociales cuya finalidad es la liberación humana de las actuales sociedades de control.

Matrix, estrenada en el año 1999 con una escala global de audiencia, plantea con gran acierto el metafísico tema de la realidad simulada y sus posibilidades. Un tópico que ya desde mediados del siglo XX la ciencia ficción y sus narrativas comenzaron a tratar, y que en la actualidad está representado por series como BlackMirror (2011-2019), o filmes como Ready Player One (2018). Todo parecía terreno de la ciencia ficción y de sus relatos ciborg futuristas, hasta que apareció el robótico Mark Zuckerberg hace un par de semanas para recordarnos que ese proverbial futuro está cada vez más cerca, y que él y su equipo están trabajando para llevar a cabo este programa.

Si bien es cierto, los metaversos (ecosistemas de realidad virtual) ya existían formalmente hace un tiempo, especialmente en el mundo del Gaming, a lo que aspira ahora Zuckerberg y su grupo es a transformar la experiencia de estas plataformas virtuales en un ecosistema totalmente inmersivo. Con ayuda de la realidad virtual y de la realidad aumentada (tecnología digital 3D que interactúa con la realidad), el fundador de Facebook planea integrar en su metaverso todos los aspectos de la sociabilidad humana, vale decir, diversión, trabajo, interacción social, aprendizaje, etc. Esta es la intención detrás del recientemente anunciado new branding de Facebook; llevar la experiencia humana de la conexión entre personas a unas cotas donde las tecnologías virtuales podrán integrar todo el espectro de nuestras vidas.

Y si bien es cierto, la tecnología nos ayudó mucho en la pandemia, y no podemos desconocer que las nuevas formas de conectividad contribuyeron a mitigar los efectos aislantes de la pandemia, las estructuras de sociabilidad que pretende construir Meta instaurarán un escenario en el cual si no estás dentro del sistema, equipado con tus gafas de realidad virtual, simplemente no existirás.

Una película de John Carpenter de 1988, They Live, planteaba precisamente el reverso de la alienación a través de un dispositivo externo. En ella, John Nada, su protagonista, tras ponerse unas inusuales gafas de sol encontradas en una iglesia abandonada, puede acceder a una realidad desprovista de las ocultaciones que el sistema hegemónico sociocultural impone; en otras palabras, con sus nuevas gafas, John Nada puede observar cómo operan los códigos discursivos ocultados por la Matrix, tal como el protagonista del Mito de la caverna de Platón cuando logra escapar a la superficie y posteriormente accede a las cosas “reales”.

El reverso de las gafas liberadoras de John Nada lo constituyen las gafas alienantes que los gigantes de la tecnología están desarrollando. Su potencial será tan inmersivo y sobreestimulante que, como especie humana, terminaremos progresivamente evadiendo totalmente la realidad, y por ende, claudicaremos de todo intento de transformación estructural de las condiciones materiales de la realidad.

Bajo el ingenuo pretexto de “empoderar a la gente a estar más conectada y empujar los límites de la creatividad de sus usuarios”, Zuckerberg conseguirá justo todo lo contrario, ya que, la consagración de las interacciones a través de los llamados avatares no representa más que una mera ilusión de interacción social; un simulacro, algo que, en menor escala, experimentamos con las actuales redes sociales. Y no se trata aquí de negar que la interacción física no está exenta de ilusiones e interferencias —pues, como humanos estamos incapacitados para acceder a aquello que llamamos “lo real”— sino de enfatizar que con los avatares, entendidos éstos como una proyección mudable de nuestra autopercepción, esta simulación se exacerbará muchísimo más, pues, en el mundo virtual no existen limitaciones para ser quien quieras ser, como sí las existen en la vida real (aunque los gurús del coaching de alta vibración digan lo contrario).  Esta es la promesa autocomplaciente que nos ofrece el metaverso: un mundo en el que como usuario puedo experimentar, de un modo casi ilimitado, todo aquello que en la vida real no me es posible, ya sea por limitaciones fisiológicas, económicas, geográficas, socioculturales, legales, o morales incluso.

Vale la pena preguntarse, entonces, si acaso el mero hecho de experimentar una sensación de sociabilidad, aun cuando ésta este atravesada por un simulacro de realidad, ya nos basta como experiencia para satisfacer nuestra necesidad humana de interacción. Esto es lo mismo que preguntarse si cuando nuestro avatar está ligando exitosamente con otros avatares en un escenario del mundo virtual obtenemos la misma placentera sensación dopamínica que cuando lo hago en la vida real. En este caso, ¿el sucedáneo puede reemplazar al original? Al parecer no habría ningún inconveniente, y de hecho, ya lo estamos experimentando en la fase actual de muchos de los metaversos que ya existen. Un caso extremo es lo que le ocurre al pobre Theodore, en la película Her, que se enamora de la virtual, pero sensual asistente de voz de su móvil (Scarlett Johansson; comprensible).

En otras palabras, las posibilidades de existir en este ecosistema serán tan gratificantes que difícilmente querremos salir de ahí y volver a nuestra realidad material. Y aunque la decisión final de acceder a la realidad virtual siempre será nuestra, es muy ilusorio pensar que no seremos movilizados por una sutil coerción social que prácticamente nos obligará a estar dentro, tal como ya sucede con otras aplicaciones actuales que nos brindan la misma ilusoria sensación de libertad de elección.

La consecuencia de esta alienación virtual será nada menos que el lento abandono del mundo físico y la completa naturalización del mundo virtual. Un mundo virtual que no estará exento de los problemas coyunturales del mundo real. Pues, para vivir en tu casa tendrás que pagar por ella, para personalizar tu avatar tendrás que comprar su ropa, lo mismo para comprarte objetos virtuales si quieres decorar tu casa, y obviamente, para acceder a estos bienes, tendrás que desarrollar una fuerza productiva probablemente dentro del mismo mundo virtual. Sin ir más lejos, en el multiverso Decentraland, ya han contratado avatares reales para trabajar como crupier en uno de sus casinos virtuales. Aquí es donde el mundo de las criptomonedas y la tecnología NFT y Blockchain cobran protagonismo, pues con la masificación de los multiversos, y considerando que la mayoría de las transacciones se darán en un entorno virtual, el dinero real dejará de tener valor en un futuro plazo. Esta idea ya es abrazada por muchos especuladores quienes están comprando parcelas y otros bienes virtuales en los diferentes metaversos, los que por cierto, después de las declaraciones de Zuckerberg hace unos días, subieron hasta un 700% sus inversiones, como el caso del metaverso Blocktopia.

Si a esto le sumamos la idea de que —como ya lo hace Facebook— el metaverso será un campo perfecto para el diagnóstico de los hábitos de comportamiento humano, vale decir, un súper Bigdata con las preferencias políticas, conductas y preferencias de consumo de casi la totalidad de la humanidad, estaremos ante el nuevo Gran hermano de George Orwell; un omnipotente panóptico virtual en el que, según Gilles Deleuze, son los propios individuos quienes se autoimponen un control encubierto, consensuado y sutil, es decir, son los propios ciudadanos los que voluntariamente abren su vida al Bigdata, a diferencia de las tradicionales sociedades disciplinarias caracterizadas por el castigo y la disciplina impuesta por las instituciones sociales.

Y es que, no se trata aquí de abrazar el típico argumento cansino de las teorías conspirativas, las que, por cierto, suelen sobredeterminar y simplificar las causas de un conflicto ofreciendo respuestas totalizantes del tipo: toda la culpa es de los illuminatis, o de los masones demócratas chupasangre y su nuevo orden mundial. Se trata, más bien, de amplificar la discusión y entender cómo operan las diferentes variables humanas (psíquicas, filosóficas, fisiológicas, antropológicas, sociales, etc.), y cómo éstas y sus consecuencias materializan unas determinadas dinámicas sociales que han ya sido descritas y analizadas por diferentes ámbitos del saber. De hecho, filósofos como Guy Debord y Jean Baudrillard ya nos advirtieron hace aproximadamente medio siglo las implicaciones de la relación tecnología/sociedad de masas, y los nuevos medios y su espectacularización.

La paradoja evidente en esta situación es que, tal como lo afirmara Marshall McLuhan en la década de 1960, el medio sigue siendo el mensaje, es decir, tanto en los sesenta como hoy, no importa tanto cuál sea el contenido que transmita el dispositivo tecnológico reinante, sino que, lo verdaderamente importante es que cuando dicho dispositivo se impone de una manera tal que logra penetrar en el corazón de nuestra relación con el mundo, ejerce una influencia que condiciona toda nuestra mediación con la realidad. Lo complejo es que, llegado a este punto, la sociedad pierde la distancia crítica para evaluar objetivamente dicho medio. Un ejemplo: la revolucionaria promesa de internet de democratizar el acceso a la información y generar las condiciones de un mundo más conectado y sin fronteras se vuelve inverosímil cuando constatas que el grueso de los contenidos consumidos en internet consiste en videos de gatitos y otros animales graciosos, stories de “celebridades” abriendo su vida privada a desconocidos, reseñas de productos que no necesitamos, y cadenas de mensajes reenviados con contenido de fuentes poco fiables, todo esto sumado al evidente distanciamiento físico y real que mantenemos con nuestro entorno más próximo a causa de estar enganchado a esta tecnología liberadora. Y aunque es indiscutible que internet nos abre muchas ventanas, lo que intento destacar aquí es que este medio ha condicionado nuestra vida de una manera tal que nos es imposible ser realmente críticos con él, pues, sería equivalente a criticar un aspecto constitutivo de nosotros mismos del cual no queremos desprendernos, pues lo consideramos imprescindible para nuestra vida. Lo mismo ocurrirá con el metaverso, pero a un nivel mucho más profundo, ya que en el metaverso aunque podremos experimentar un sinnúmeros de inmersivas sensaciones (alegría, libertad, entusiasmo, ansiedad, placer, etcétera) que nos darán la ilusión de libertad, lo realmente importante será que ya no podremos desentendernos de la forma en que esas nuevas dinámicas interpersonales estructurarán nuestra vida cotidiana. Visto de este modo, se trata de una verdadera paradoja de la libertad: seremos más libres que nunca (podremos hacer lo que queramos), pero menos libres que nunca (pues, lo que queramos no será realmente lo que nosotros queramos, sino lo que el algoritmo quiera que nosotros queramos).

Puestas así las cosas, es muy probable que llegado a este punto, al igual que Neo, tengamos que elegir entre dos opciones: las gafas de John Nada, o las gafas de Zuckerberg. Mientras una te empodera a hacerte cargo de tu existencia y enfrentar las contradicciones propias de la realidad, la otra te promete un gran y fantástico salto.

Mientras escribo estas palabras desde mi hiperconectado ordenador (hola, tía 😊) la paradoja de la autonomía del medio/dispositivo se vuelve más evidente. Quizás la única manera de escapar de la paradoja es entrar en la paradoja de la paradoja, lo que equivaldría a entrar de lleno al metaverso solo para intentar sabotearlo, lo cual significa irremediablemente entrar a éste de todos modos.  

Finalmente, el problema de los laberintos no es que en ellos habiten minotauros, el problema es que cuando por fin conoces al minotauro del laberinto, se te olvida a qué habías entrado.

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