Juzgar a un libro por su tapa

Por Lautaro Vincon

Que una imagen vale más que mil palabras es algo que sabemos de memoria. Hace miles de años que grabamos las primeras pinturas rupestres, estampando en las paredes de las cuevas incertidumbres, miedos, fracasos y cada historia que creíamos digna de ser contada. Ampliamos nuestra comunicación con la construcción del lenguaje oral sin dejar de lado las variopintas formas de expresar e intercambiar ideas. Pasamos por los jeroglíficos hasta llegar a los emojis. En estos días donde el dinamismo capitaliza el tiempo y las redes sociales pregonan imágenes que reemplacen extensos textos, una imagen ha vuelto a valer más que mil palabras.

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Al ser el elemento que primero se visualiza, la tapa del libro es el paratexto más importante. La conjunción entre el nombre del autor, el título de la obra y el sello editorial, más las tipografías elegidas, la imagen ilustrativa, el diseño gráfico, se torna, en muchos casos, la impresión primordial que influye en el lector —devenido cliente— a la hora de comprar el libro —devenido producto—.

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Organicé una encuesta en la cuenta de Instagram de mi librería bajo el enunciado «La tapa de un libro… ¿es un detalle a tener en cuenta a la hora de comprarlo?». De los 389 participantes, un 78% eligió SÍ, el 22% restante eligió NO. Uno de ellos, junto a su voto positivo, me envió un mensaje privado: “Nuestra relación con el mundo, en principio, entra por los ojos. En el caso de los libros pasa siempre”.

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Más allá de esas tediosas lecturas escolares a las que todos nos vemos obligados, mi primer vínculo real con la literatura fue a través de «Bóvedas de acero» de Isaac Asimov. O, vale aclarar, con su tapa: la ilustración de Michael Whelan utilizada por la vieja editorial Martínez Roca. Probablemente, ese hombre con un tapado oscuro junto a otro que mostraba su brazo artificial abierto, y los espectadores de fondo —algunos robots— mirándolos asombrados, me hayan retrotraído a los dibujos animados de la época, cargados de acción. El inconsciente supo vincular esas poses heroicas con las series televisivas y los comics que me atraían. Sin dudas, el artista había sabido trasladar de modo perfecto la idea central de la novela policial con trasfondo de ciencia ficción, ilustrando además la determinación de sus personajes principales e invitando a saber qué se escondía detrás de estas dos personas que parecían convencidas de poder resolver el conflicto que tuvieran enfrente. Algo en el libro me llamaba. Algo indescriptible que había despertado, indirectamente, mis ganas por saber qué ocurría en esa historia. Algo de lo que solo podía enterarme leyendo. Algo que había surgido a partir de una tapa.

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Desde que la Humanidad inventó la escritura, se usó al libro para registrar los conocimientos más importantes de la cultura. Justamente, intentando preservar esa sabiduría, se buscaron los mejores materiales al momento de resistir las inclemencias del entorno y la degradación como consecuencia del paso del tiempo. Entendiendo que la confección de los libros, ya de por sí tenidos como objetos valiosos, era cara, en sus cubiertas se han usado desde cueros, vitelas, piedras y metales preciosos, marfil, esmaltes, madera tallada, sedas finas hasta plata u oro. Pasando por las distintas encuadernaciones que mezclaban rasgos islámicos con románticos o góticos, no fue hasta la década de 1820 que la producción de los libros se hizo más barata gracias a la introducción de las prensas de vapor, ayudando de esa manera a la fabricación de cubiertas a bajo costo. Fue entonces que, junto con las impresiones, llegaron las técnicas de ilustración de medios tonos y litografía multicolor para esbozar tapas, instaurando así al diseño gráfico como una práctica profesional dentro de la industria del libro.

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El pintor inglés Audrey Beardsley (1872-1898) fue quien diseñó la tapa para la revista The Yellow Book, considerada hoy como el primer ejemplo de arte de una tapa comercial.

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En diálogo con La Nación, el artista plástico Juan Pablo Cambariere opina que “la imagen de una tapa es fundamental, es la presentación del libro y será su rostro durante muchos años. Uno piensa en un libro y probablemente piense en la tapa de la edición que leyó.” Y, por su lado, el diseñador Mario Blanco comenta: “a muchos [de los libros] los comprás por la tapa; algunos autores me han dicho: la tapa es mejor que el libro. Te enamorás de la tapa, como hay ropa que comprás por lo linda”.

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«Nueve comentarios sobre las tapas de los libros», en Otros colores de Orhan Pamuk:

1) Si un novelista puede terminar un libro sin soñar con la tapa, es sabio, está bien orientado y es un adulto completamente formado, pero también ha perdido la inocencia que, en primer lugar, lo llevó a convertirse en novelista.

2) No podemos recordar los libros que más amamos sin recordar también sus tapas.

3) A todos nos gustaría ver más lectores comprando libros por sus tapas y más críticos despreciando libros que han sido escritos pensando en esos mismos lectores como público.

4) Las descripciones detalladas de los héroes en las tapas de los libros insultan no solo la imaginación del autor, sino también la de sus lectores.

5) Cuando los diseñadores deciden que El Rojo y el Negro se merecen una cubierta de color rojo o negro, o cuando se arman tapas de libros titulados Casa Azul o Chateau con ilustraciones de casas azules o chateau, no nos dejan pensando en que hayan sido fieles al texto pero sí deseando que, aunque sea, lo hayan leído.

6) Si, años después de leer un libro, echamos un vistazo a su tapa, volvemos a ese lejano día en que nos tirábamos en una esquina de la habitación con el libro entre las manos para entrar en el mundo oculto dentro de él.

7) Las tapas de libros bien logradas sirven como conductos, transportándonos lejos del mundo ordinario en el que vivimos, y anunciándonos el mundo fantástico que se despliega entre las páginas.

8) Una librería debe su encanto no a sus libros, sino a la variedad de sus tapas.

9) Los títulos de los libros son como los nombres de las personas: nos ayudan a distinguir unos de otros. Pero las tapas son como las caras de la gente: o nos recuerdan la felicidad que una vez conocimos o nos prometen un mundo aún por explorar. Por eso miramos las tapas tan apasionadamente como lo hacemos a la cara de las personas.

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Lautaro Vincon (Buenos Aires, 1991) es autor de la novela PopApocalipsis (Ómicron Books, 2021). Integra las antologías Cuentos META (Magma Editorial, 2019) y De otro planeta (La Comuna Ediciones, 2021). Ha publicado cuentos en medios digitales de España y Latinoamérica. En sus historias conviven la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Además de su afición por la música y la fotografía, le gustan el café, los videojuegos y los gatos. En Instagram es @lautarovincon.

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