Goethe y la naturaleza

Johann Wolfgang von Goethe afirmó ya en edad madura, haber experimentado los momentos más felices de su extraordinaria vida mientras estudiaba con devoción la metamorfosis de las plantas. Estos momentos gratificantes y decisivos tuvieron lugar sobre todo durante su viaje a Italia entre 1786 y 1788, época en la que, siendo ya famoso como escritor tanto en su Alemania natal como en el extranjero, dirigió cada vez más resueltamente sus prodigiosas aptitudes hacia el estudio científico de la naturaleza. Estas investigaciones botánicas en medio de la exuberante vegetación italiana, así como bajo el duro clima de su tierra natal, dieron como resultado un libro modesto, publicado por primera vez en 1790 con el cauteloso título de Intento de explicar la metamorfosis de las plantas. Esta obra cuya breve extensión no deja traslucir toda su importancia, marcó un punto de inflexión en la vida intelectual de Goethe y en palabras del historiador Robert J. Ricardos, «sentó las bases de una revolución en el pensamiento que transformaría la ciencia biológica en el siglo XIX. »

Debido a su gran prestigio como autor de Fausto y de otros clásicos literarios, no hay duda de que a muchos les sorprenderá saber que Goethe consideraba sus investigaciones y escritos científicos, a los que se dedicó diligentemente durante cinco décadas, el logro más significativo de su vida. Además de sus trabajos en botánica, los intereses científicos de Goethe abarcaban desde la geología y la meteorología hasta zoología y especialmente la física, campo en el que su documentado estudio de óptica fisiológica Teoría de los colores (1810) llegó a ser su principal tratado científico. Asimismo, en las primeras décadas del siglo XIX, mientras ataba cabos en sus investigaciones, Goethe inauguró el fecundo campo de la «morfología», en torno a las formas orgánicas y las fuerzas formativas, con el propósito de descubrir la unidad subyacente bajo la inmensa variedad de plantas y animales. También fue un perspicaz estudioso de la historia de la filosofía de la ciencia y escribió un buen número de ensayos breves sobre lo que a su juicio eran las trampas y falsas promesas de la moderna práctica científica.

Durante gran parte de su juventud, Goethe apenas se ocupó de las formas de la naturaleza, aunque desde muy pronto profesó cierto sentido de reverencia por la vida, irreductible y tal vez divina del mundo natural. No fue hasta 1775 cuando, a la edad de veintiséis años, aceptó un puesto en la corte del duque Carlos Augusto, en Weimar y cambió el ambiente sofocante de la ciudad y el estudio por el aire puro del campo, el bosque y el jardín. En este entorno completamente nuevo. mientras cumplía sus obligaciones administrativas como inspector de minas, caminos, parques, bosques y muchos otros aspectos del ducado, Goethe comenzó una disciplinada investigación del orden natural. Su particular interés por las plantas dio sus primeros fruto en la primavera de 1776, cuando empezó a plantar y a cuidar con regularidad un huerto con el que el duque le había obsequiado. Se instruyó en los clásicos de la botánica, especialmente en Linneo, a quien estudió con devoción, incluso a diario. Así pues, la década que pasó en el entorno estimulante y natural de Weimar afianzó su conocimiento sobre la vida de las plantas, si bien fue durante su viaje a Italia cuando se sintió embargado por las cruciales ideas que conformarían su investigación botánica el resto de su vida.

Con su descubrimiento en Palermo Goethe vislumbró la existencia de una dimensión más profunda en la vida de las plantas, el reino del arquetipo suprasensorial, más allá de lo que empíricamente puede verse, tocarse, olerse o clasificarse, que consolida y guía la formación y transformación de las formas materiales del tallo. Sus extensas investigaciones empíricas contribuyeron a persuadirlo de que sin esa dimensión no era posible explicar ni la aparente unidad de la gran multiplicidad de plantas, tan diferentes entre sí, ni la similitud estructural entre las distintas partes de una misma planta. Para llegar a este enfoque sobre el reino vegetal, Goethe partía no solo de su propia intuición y de un peculiar empirismo, sino también de las ideas del filósofo neerlandés del siglo XVII, Baruch Spinoza.

Goethe recibió la influencia de la visión holística de Spinoza según la cual el espíritu y la materia, alma y cuerpo, pensamiento y extensión son los pares de ingredientes básicos del universo y seguirán siéndolo para siempre; y a fin de comprender no solo el aspecto externo material, sino también el interno, ideal o arquetípico de las cosas naturales, descubrió que nosotros, en correspondencia, debemos emplear tanto los ojos del cuero como los ojos de la mente, tanto la percepción sensorial como la intuitiva, en armonía constante y espiritual. Goethe, en quien había arraigado especialmente la proposición de Spinoza de que cuanto más comprendamos cada cosa en sí, más entenderemos a Dios, aunó el riguroso empirismo con la más estricta imaginación para ver fenómenos naturales aislados como símbolos concretos de los principios universales, organizadores de ideas o de las leyes internas de la naturaleza.

Partiendo de la percepción sensorial de elementos externos particulares, el enfoque científico de Goethe persigue el elevado propósito de iluminar el conocimiento desde el interior.

Para comprender el enfoque global de Goethe sobre la metamorfosis de la naturaleza, podemos distinguir tres aspectos del proceso estrechamente relacionados entre sí, según la noción central de su carácter proteico: en primer lugar, Proteus in potentia, el núcleo básico de fuerzas formativas con su rico potencial productivo; luego, Proteus actus, la actualización de ese potencial interno en diversas extensiones de formas orgánicas (hojas, pétalos, pistilos, espinazos,etc.); y por último, un calificador, Proteus actus adaptatus, el potencia formativo actualizado pero adaptado a su entorno, pues las estructuras y sus cualidades físicas inherentes se ven afectadas por las cambiantes condiciones externas. Aunque este proceso de desarrollo dialéctico contribuye a confirmar el mutuo encaje de organismo y entorno, Goethe no lo veía como la realización de un propósito predeterminado o la aspiración a un objetivo fijado. Rechazó la noción clásica de una teleología externa para sostener que podemos alcanzar una visión más satisfactoria de la misteriosa arquitectura del proceso formativo si estudiamos cómo la naturaleza se expresa a sí misma desde todos los rincones y en todas las direcciones mientras realiza su trabajo creador. Para Goethe, la integridad y la creciente intensidad del impulso interno, cuya creatividad hace gala en ocasiones de una complejidad formal que va más allá de lo puramente necesario para garantizar la supervivencia, conceden a los elementos de la naturaleza un grado de autonomía y cierto valor intrínseco. Estos elementos y la naturaleza en su conjunto, no están destinados a unos fines particulares, sino más bien se esfuerzan por alcanzar la satisfacción interna de la totalidad. El énfasis de Goethe en la dependencia mutua entre organismo y entorno, así como entre diferentes organismos ofrece una visión que sin duda puede describirse como ecológica.

Goethe había expresado su convicción de que ciencia y poesía, con sus correspondientes concepciones sobre la naturaleza, no son incompatibles sino complementarias. Sin embargo, el científico-poeta a duras penas consigue hacerse oír en el mundo moderno occidental. A Goethe le desconcertaron muchas de las reacciones que su ensayo suscitó entre su círculo de amigos y conocidos. Parecía demasiado científico para ser poesía, pero quizá también demasiado poética para ser ciencia. «No hay nadie en ninguna parte,» se lamentaba, «que piense que ciencia y poesía pueden ir de la mano. La gente ha olvidado que la ciencia se ha desarrollado a partir de la poesía y se equivocan al no contemplar que una oscilación del péndulo podría unirlas y situarlas a un nivel superior en beneficio mutuo. » Años después, Goethe compuso un poema con el mismo título, La metamorfosis de las plantas, en un esfuerzo por hacer que sus teorías y sus propósitos científicos resultaran más agradables e inteligibles a su esposa y sus amigas, aunque cosechó éxito limitado. Con todo, su tratado científico no tardó en merecer tres reseñas muy favorables en revistas alemanas, así como muestras de apoyo en diversas publicaciones botánicas.

El reconocimiento de más peso y consideración de la obra de Goethe en el campo de la botánica apareció durante la primera mitad del siglo XIX. El gran naturalista Alexander von Humboldt dedicó a Goethe un libro en 1806 con una ilustración alusiva a La metamorfosis de las plantas que sugería la idea, fiel a las simpatías románticas de Humboldt, de que tanto la poesía como la ciencia podrían llegar a desvelar los secreto de la naturaleza. Goethe tanto en su vida como en su obra, deseaba aunar no solo poesía y ciencia, sino también arte y ciencia.

Goethe siempre quiso que su trabajo científico de amplio alcance llegara a un público más allá de los dominios de la botánica, la zoología y la física. Casi treinta años después de la aparición de La metamorfosis de las plantas, expresó su disgusto por no haber hecho realidad su sueño de publicar una continuación. Su propósito, tal como lo describe, era «no hacer nada más que presentar al ojo físico, paso a paso, una versión detallada, gráfica, ordenada, de lo que había presentado conceptualmente y solo en palabras al ojo interno y demostrar a los sentidos externos que la semilla de este concepto puede llegar a desarrollarse de manera fácil y feliz en un árbol botánico de conocimiento cuyas ramas darían sombra al mundo entero.»

METAMORFOSIS DE LAS PLANTAS

Amor, te desconcierta la rara multitud
de flores, su desorden variado, en el jardín.
Escuchás muchos nombres y siempre el nuevo empuja
del oído a los otros, con su sonido extraño.
Las formas se parecen y nunca son iguales.
Desde el coro sugieren que hay una ley secreta,
un enigma sagrado. ¡Si yo pudiera, amiga,
entregarte ya mismo, alegre, su respuesta!
Mirá su crecimiento, cómo, lenta, la planta
va de una etapa a otra hasta dar flor y fruto.
Su desarrollo empieza en la semilla, la tierra
oscuramente fértil la empuja hacia la vida.
Y ahora recomienda las hojas incipientes
al placer de la luz, la inquieta, la sagrada.
Una fuerza dormía en la semilla, un modelo
replegado en sí mismo, debajo de su funda,
hoja, raíz y germen, sin forma ni color.
Algo vive, callado, dentro del núcleo seco
y va surgiendo, entrando a una humedad tibia
para salir más tarde de la noche envolvente.
Todo, al principio, muestra su forma más sencilla.
Esto vale, también, en la infancia de las plantas.
Después viene otro impulso que se eleva, y repite
la primera figura, nudo sobre nudo.
Pero no son iguales; las hojas más recientes
van variando su forma, van cambiando y entonces
son más anchas, con puntas definidas y tallo;
estaban contenidas en el órgano interno.
Recién ahora alcanzan la singularidad
que en algunas especies te mueve hasta el asombro.
Más dentadas, nervadas, más lozano su aspecto,
el impulso parece ilimitado y libre.
Y la naturaleza, refrenando el proceso,
lo lleva de la mano a mayor perfección.
Va angostando los vasos, va llevando la savia
más despacio, y ahora su acción es más sutil.
La expansión de los bordes se aquieta y va mostrándose,
más nítido que antes, el nervio del estilo.
Sin hojas, pero rápido, va elevándose el tallo
y entonces, al que mira lo atrae un nuevo asombro.
En círculo, aparecen contadas y sin número
hojas chiquitas, tantas, una al lado de otra.
Contenido en el eje, el cáliz se resuelve,
se abre, y la corola muestra su color.
Un impulso que anhela algo más alto y pleno,
revela, en sucesión, un miembro junto a otro.
Y siempre te asombrás cada vez que en el tallo,
esa fina estructura, la flor mueve sus hojas.
Pero estos esplendores anuncian otra obra.
Sí, los pétalos sienten una mano divina,
rápidos se contraen y las formas más frágiles
asoman, espejadas, destinadas a unirse.
Hay una intimidad mayor entre parejas;
numerosas, se ordenan en torno del altar.
Himeneo se acerca y ahora es imposible
no sentir los olores vivificando todo.
Van creciendo, uno a uno, los muchísimos gérmenes
adentro de su fruto, que también va creciendo.
Y la Naturaleza, ahora, cierra el ciclo
de sus fuerzas eternas, y otra vez recomienza,
para que la cadena se prolongue, infinita,
y la parte, viviendo, también resguarde el todo.
Amor, la multitud de colores no puede
desconcertarte más, si querés advertirla.
Cada planta te anuncia las leyes eternas,
percibís cada vez más claro lo que dice.
Si ahora descifrás las letras de la Diosa,
cambiadas, podés verlas después en todos lados.
Que la oruga se arrastre, la mariposa vuele,
y que maleable el hombre transforme su figura.
Pensá cómo también, del germen del encuentro,
fue creciendo, de a poco, en nosotros el hábito,
descubriendo más tarde una amistad profunda,
y el amor, al final, dándonos flor y fruto.
Mirá la profusión de la naturaleza,
siempre prestando formas a nuestras emociones.
¡Es alegre este día! El fruto más sublime
del amor, el más dulce, es ser de un pensamiento,
de una visión del mundo, para que en armonía
lo que es doble sea uno, en la esfera más alta.

DIE METAMORPHOSE DER PFANZEN

Dich verwirret, Geliebte, die tausendfältige Mischung
Dieses Blumengewühls über dem Garten umher;
Viele Namen hörest du an, und immer verdränget
Mit barbarischem Klang einer den andern im Ohr.
Alle Gestalten sind ähnlich, und keine gleichet der andern;
Und so deutet das Chor auf ein geheimes Gesetz,
Auf ein heiliges Rätsel. O könnt ich dir, liebliche Freundin,
Überliefern sogleich glücklich das lösende Wort!
Werdend betrachte sie nun, wie nach und nach sich die Pflanze,
Stufenweise geführt, bildet zu Blüten und Frucht.
Aus dem Samen entwickelt sie sich, sobald ihn der Erde
Stille befruchtender Schoß hold in das Leben entläßt
Und dem Reize des Lichts, des heiligen, ewig bewegten,
Gleich den zartesten Bau keimender Blätter empfiehlt.
Einfach schlief in dem Samen die Kraft; ein beginnendes Vorbild
Lag, verschlossen in sich, unter die Hülle gebeugt,
Blatt und Wurzel und Keim, nur halb geformet und farblos;
Trocken erhält so der Kern ruhiges Leben bewahrt,
Quillet strebend empor, sich milder Feuchte vertrauend,
Und erhebt sich sogleich aus der umgebenden Nacht.
Aber einfach bleibt die Gestalt, der ersten Erscheinung,
Und so bezeichnet sich auch unter den Pflanzen das Kind.
Gleich darauf ein folgender Trieb, sich erhebend, erneuere
Knoten auf Knoten getürmt, immer das erste Gebild.
Zwar nicht immer das gleiche; denn mannigfaltig erzeugt sich,
Ausgebildet, du siehsts, immer das folgende Blatt,
Ausgedehnter, gekerbter, getrennter in Spitzen und Teile,
Die verwachsen vorher ruhten im untern Organ.
Und so erreicht es zuerst die höchst bestimmte Vollendung,
Die bei manchem Geschlecht dich zum Erstaunen bewegt.
Viel gerippt und gezackt, auf mastig strotzender Fläche,
Scheinet die Fülle des Triebs frei und unendlich zu sein.
Doch hier hält die Natur, mit mächtigen Händen, die Bildung
An und lenket sie sanft in das Vollkommnere hin.
Mäßiger leitet sie nun den Saft, verengt die Gefäße,
Und gleich zeigt die Gestalt zärtere Wirkungen an.
Stille zieht sich der Trieb der strebenden Ränder zurücke,
Und die Rippe des Stiels bildet sich völliger aus.
Blattlos aber und schnell erhebt sich der zärtere Stengel,
Und ein Wundergebild zieht den Betrachtenden an.
Rings im Kreise stellet sich nun, gezählet und ohne
Zahl, das kleinere Blatt neben dem ähnlichen hin.
Um die Achse gedrängt, entscheidet der bergende Kelch sich,
Der zur höchsten Gestalt farbige Kronen entläßt.
Also prangt die Natur in hoher, voller Erscheinung,
Und sie zeiget, gereiht, Glieder an Glieder gestuft.
Immer staunst du aufs neue, sobald sich am Stengel die Blume
Über dem schlanken Gerüst wechselnder Blätter bewegt.
Aber die Herrlichkeit wird des neuen Schaffens Verkündung.
Ja, das farbige Blatt fühlet die göttliche Hand;
Und zusammen zieht es sich schnell; die zartesten Formen,
Zwiefach streben sie vor, sich zu vereinen bestimmt.
Traulich stehen sie nun, die holden Paare, beisammen,
Zahlreich ordnen sie sich um den geweihten Altar.
Hymen schwebet herbei, und herrliche Düfte, gewaltig,
Strömen süßen Geruch, alles belebend, umher.
Nun vereinzelt schwellen sogleich unzählige Keime,
Hold in den Mutterschoß schwellender Früchte gehüllt.
Und hier schließt die Natur den Ring der ewigen Kräfte;
Doch ein neuer sogleich fasset den vorigen an,
Daß die Kette sich fort durch alle Zeiten verlänge,
Und das Ganze belebt, so wie das Einzelne, sei.
Wende nun, o Geliebte, den Blick zum bunten Gewimmel,
Das verwirrend nicht mehr sich vor dem Geiste bewegt.
Jede Pflanze verkündet dir nun die ewgen Gesetze,
Jede Blume, sie spricht lauter und lauter mit dir.
Aber entzifferst du hier der Göttin heilige Lettern,
Überall siehst du sie dann, auch in verändertem Zug.
Kriechend zaudre die Raupe, der Schmetterling eile geschäftig,
Bildsam ändre der Mensch selbst die bestimmte Gestalt.
O, gedenke denn auch, wie aus dem Keim der Bekanntschaft
Nach und nach in uns holde Gewohnheit entsproß,
Freundschaft sich mit Macht aus unserm Innern enthüllte,
Und wie Amor zuletzt Blüten und Früchte gezeugt.
Denke, wie mannigfach bald die, bald jene Gestalten,
Still entfaltend, Natur unsern Gefühlen geliehn!
Freue dich auch des heutigen Tags! Die heilige Liebe
Strebt zu der höchsten Frucht gleicher Gesinnungen auf,
Gleicher Ansicht der Dinge, damit in harmonischem Anschaun
Sich verbinde das Paar, finde die höhere Welt.

  • J. W. Goethe. La metamorfosis de las plantas. Edición y fotografías de Gordon L. Miller. Atalanta. Gerona, 2020.
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