La tumba del Rey Tut

«La curiosidad, madre de toda inventiva, se apoderó de Carter y en su mente se dibujaban preguntas sobre este misterioso rey llamado Tutankamón«


El 4 de noviembre de este año se conmemora los 100 años del descubrimiento de la tumba del faraón niño, a quien el siglo pasado llamó publicitariamente «Tutankamón». Y digo publicitariamente, porque más allá de la historia este joven líder perteneció al periodo herético de Amarna, o al cambio que se produjo en Egipto, cuando el faraón Akenatón, esposo de la reconocida Nefertiti, decidió reemplazar el culto a Amón para imponer la adoración a Atón, el dios solar, y modificar la forma del arte y las relaciones políticas con otras naciones de su época, desestabilizando con ello casi todos los estamentos sociales de su administración y de su pueblo.

Por supuesto, hay muchas lagunas para ubicar cronológicamente a Tutankamón, pues igual que su padre Akenatón (se desconoce quién fue la madre del joven rey), su registro fue borrado de toda estela, pared, monumento, obelisco, o papiro, con el fin de ocultar todo rastro de un periodo oscuro en la historia del antiguo Egipto, y también para evitar el caos social por la estrecha relación de Tutankamón con la «Herejía» política y religiosa de Tell Amarna.

Como sea, ante la conmemoración de los 100 años del descubrimiento de su tumba en un valle árido y barrido por la historia, considero necesario hacer un recuento sobre cómo sucedió este accidente liderado por un inglés ordinario que se convirtió, él mismo, en un ser extraordinario, y que gracias a su coraje, fe y trabajo duro, nos permitió conocer el único yacimiento real intacto, no expoliado, de un faraón imperial. Sin más dilación, así fue que empezó todo.

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El inicio de la exploración arqueológica más famosa del siglo XX partió de la curiosidad de un dibujante y aventurero llamado Howard Carter. Un inglés deseoso de novedades y descubrimientos, que había escuchado el nombre del faraón perdido «Tutankhatón» (sic), cuando el arqueólogo Flinder Petrie, para quien trabajaba como restaurador de jeroglíficos, le enseñó un pequeño anillo rústico con una inscripción muy singular.

Se trataba de una pieza singular con la imagen de un sol, un escarabajo, tres rayas verticales y un semicírculo, encerrados en un cartucho, es decir, dentro de un óvalo que resaltaba el nombre de un rey, un faraón o un alto dignatario. Carter, inundado por el misterio, preguntó por el significado de la pieza, y Flinders Petrie respondió con la sabiduría de años que se trataba del título de una persona, pero un nombre, extrañamente, no incluido en la Lista Real de Abidos donde reposaba el registro de 76 faraones, sino uno del que nadie sabía nada. Absolutamente nada.

La curiosidad, madre de toda inventiva, se apoderó de Carter y en su mente se dibujaban preguntas sobre esta misteriosa figura: ¿Quién era? ¿Cómo habría sido su vida varios milenios antes? ¿Por qué llegó a ser importante y en qué periodo? Y otras inquietudes más que lo consumían diariamente.

Tendría que pasar una segunda señal en la vida de Carter para que este entendiera que una personalidad importante de tres milenios de antigüedad, una figura histórica, anónima, lo llamaba desde las áridas arenas rosadas del desierto para que lo hallara, para que iniciara una búsqueda que desembocaría en una recompensa tan gloriosa como el personaje mismo. Y la siguiente pista que lo conduciría a este llamado serían el hallazgo en el Valle de los Reyes de una taza de loza blanca bajo una piedra y una pequeña hoja de oro en una sepultura abandonada. Objetos sin importancia a primera vista, si no fuera porque en ambos aparecía nuevamente un grabado que había visto antes: un sol, un escarabajo, tres rayas verticales y un semicírculo, encerrado en un cartucho real, es decir, la inscripción que previamente figuraba en el anillo de Flinder Petrie.   

Allí, por primera vez, Carter toma conciencia de su misión: encontrar algo imposible, aunque fuese una empresa dura, o peor, una odisea. Lo importante en ese momento, aparte del propósito arqueológico que se despertó en él, era que ya tenía una ubicación geográfica dónde empezar a buscar aquello, es decir, lo que nadie consideraba como posibilidad; y este lugar era Luxor, la ciudad de las mil puertas, el sur, atravesando el Nilo, el Valle de los Reyes.

Pero, antes de embarcarse en este proyecto, era inevitable que los obstáculos no aparecieran, ya que el norteamericano Theodor Davis (uno de los cientos de arqueólogos ávidos de gloria y riqueza), quien había encontrado los dos últimos fragmentos que despertaron el sueño y el emprendimiento en Carter, mutilaba toda esperanza de encontrar un faraón en ese lugar desierto, saqueado y olvidado por la historia y los hombres. El viejo Theodor Davis dijo sin inmutarse: «El valle está vacío. No queda ya allí ninguna tumba de faraón por descubrir. Lo dejo».

Y este «Lo dejo» significaba que el arqueólogo norteamericano terminaba el contrato de excavación en el Valle de los Reyes, cedido por el inspector general de antigüedades, quedando así abierta la posibilidad de que otro, u otros, emprendieran esa tarea titánica e incierta de adquirir la concesión de excavación, para al final, según arqueólogos cansados y sin fe, encontrar meras astillas o trozos de cerámica sin importancia.

Así es que, ante tal contexto, y frente a este panorama a inicios del siglo XX, es que surge, de forma inesperada, la figura del aristócrata inglés Lord Carnarvon, quien, aquejado de un problema de salud, llega a las tierras faraónicas para recuperarse gradualmente. Allí, en pleno descanso y ovacionado por la historia de un país milenario, cuna del pensamiento y las artes, escucha que un compatriota suyo, un inglés, llamado Howard Carter, arqueólogo apasionado, huraño, metódico, perseverante, solitario, que parece tener mucho futuro gracias a su tesón, juventud y creatividad, busca algo grande, algo impensable, donde el único limitante es el dinero, no el tiempo, ni el clima.

Lo primero que sucede es que Lord Carnarvon también desea encontrar algo grande para preservar su nombre en la historia, pero su estado de salud se lo impide, así que busca al mejor arqueólogo del momento: Howard Carter. Aunque para su decepción, no es un arqueólogo profesional, sino un amateur, o un dibujante que lleva muchos años en Egipto, que sabe árabe, lee jeroglíficos y conoce la geografía tan bien como la palma de su mano.

Confía en este hombre ceñudo y compra la licencia de excavación que había terminado Theodor Davis hace un par de meses, no sin antes, estar plenamente convencido, por Carter mismo, que existía un faraón en una tumba intacta que databa de tres milenios atrás llamado Tutankamón, o en su nombre original Tutankatón. La unión de este dibujante lleno de curiosidad por la historia, con un mecenas financiador de una excavación incierta en pleno siglo XX, darían como resultado el hallazgo más importante del mundo que cambiaría todo lo que sabían los expertos sobre el antiguo Egipto.

Así que, luego de una larga temporada de trabajo, inversión y una amistad tirante entre ambos, por fin se descubriría la tumba del rey Tut, o el faraón niño, el 4 de noviembre de 1922, y esto luego de que Carter trabajara durante diez años peinando con unos planos improvisados el Valle de los Reyes, sin desistir, sin cejar un solo momento, y cuando de manera ocasional uno de sus trabajadores tropezó con una esquina de un pequeño peldaño. Sin embargo, después del hallazgo surgiría el desconcierto, pues aquel lugar no parecía una entrada a una tumba real, no era un espacio digno de un faraón imperial, sino quizá, un almacén de reliquias o un cuarto desocupado. Todo estaba por verse.

Esta impresión, este desconcierto, este miedo infundado, hizo que Carter mismo escribiera en su diario: “Aunque estaba satisfecho por estar al borde de un hallazgo quizás magnífico, probablemente una de las tumbas desaparecidas que había estado buscando durante muchos años, me encontraba muy desconcertado por la pequeñez de la abertura en comparación con las de otras tumbas reales en el valle.”

Pero no se podía esperar otra cosa en aquel momento de tensión, y peor al saber que luego del hallazgo de tumbas tan importantes como la de Ramsés VI, (expoliada en la antigüedad), Seti I (descubierta por Giovanni Belzoni), Amenofis IV y Tutmosis I (descubiertas por Víctor Loret) y Horemheb (descubierta por el mismo Theodor Davis), ya no había nada más por descubrir. ¿Quedaba algo en el Valle de los Reyes? ¿Era esto un descalabro económico? ¿O acaso el fin de Carter como arqueólogo aficionado y soñador?

Sin dudar, y con una fe en sí mismo y en las señales del destino y la arena, Carter limpia el pasillo, se aventura hasta la pared de entrada, abre un agujero pequeño con un cincel, y mira hacia adentro alumbrando con una vela. Su mecenas, Lord Carnarvon, que está impaciente y a punto de infarto, osa preguntarle: «¿Qué ves?» A lo que Carter responde: “Veo cosas maravillosas”.

Y esas palabras daban cuenta de cientos de objetos dorados que rellenaban el primer cuarto donde había sido enterrado un faraón, hasta el momento, sin clasificar. La ovación y los nervios no podían ser más intensos, ya que la búsqueda, no solo de una década, sino de toda una vida, finalmente concluía. Así fue que Howard Carter se preparaba para entrar en los anales de la historia como el descubridor de una tumba faraónica intacta, asemejando su hallazgo a la Troya descubierta por Heinrich Schliemann (1822- 1890), las ruinas minoicas de Creta por Arthur Evans (1851- 1941), o el Machu Picchu de Hiram Bingham (1875- 1956).

Lo demás, los objetos encontrados en el interior de una recámara pequeña, cuartos falsos y cámara funeraria real, constituían el fastuoso mobiliario con el que el joven faraón sería sepultado luego de su reinado, esperando encontrar en la otra vida el favor de Anubis. Este «pequeño» hallazgo, confrontado con la gloria y la fama de otros faraones mas importantes, resucitaba la generosa pregunta ¿Qué contenían las tumbas de esos grandes, antes y después de Tutankamón, que fueron saqueadas por aventureros, reyes, piratas, y ladrones comunes?

Una inquietud inmensa que solo queda en la imaginación, ya que, en otra tumba contemporánea, en Putney Vale, Londres, yace en la actualidad una lápida con una leyenda enigmática: «Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad» Inscripción que Carter encontró en un vaso de alabastro perteneciente a Tutankamón, y que, como epitafio, fue puesta en su tumba, sellando así el destino de ambos hombres por la eternidad.


Publicado originalmente en la revista pereirana IRIS*

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